miércoles, 15 de agosto de 2012

Pienso yo un día común


Hoy por hoy puedo decir que soy feliz. Tengo una casa, un perro y un pijama a rayas. Y aunque hay ratitos en los que estoy triste, me río bastante.
Me dan gracia los ruidos raros, los bichitos de luz, el olor a pis, las nubes con formas, los chistes malos y la película Alicia en el país de las maravillas.
Les voy a contar un poco de mi vida. A la mañana, después de lavarme los dientes y cambiarme, bajo por mi escalera caracol y me hago dos tostadas con un té. A una le pongo manteca y a la otra mermelada de kiwi. La primera la como mirando la tele y cuando ya voy por la segunda, miro por la ventana y mientras, pienso en lo absurdo de este mundo. Ah, casi me olvidaba, lo absurdo también me da risa. Por suerte, pienso yo. Así me puedo reír todas las mañanas.
Después abro mi cuaderno y me pongo a hacer ejercicios de física. Mis favoritos son los de tiro libre y caída vertical, pero hago de todo un poco. Calorimetría, dinámica, trabajo. Porque si hay algo que odio en la física es la monotoneidad .
Cuando ya me aburro de tanta ecuación, busco a Toro mi perro y tenemos conversaciones bastante profundas (aunque a veces no tanto). Le hablo de la física, por ejemplo: ¿Toro, para vos cuanta cantidad de nada puede entrar en el vacío? Y después me doy cuenta que lo que acabo de preguntar es un absurdo y me río. Le hablo de mis amigos, de mi familia, de mis problemas más íntimos. Otras veces le digo que no haga pis adelante mío, porque me hace reír. Y él me entiende, pienso yo. Porque siempre mueve la cola.
En mi casa hay un ascensor, saben, porque soy bastante rica. Entonces cuando ya le di el huesito a Toro, subo por éste. Pero al entrar, solo puedo pisarlo con un pie, porque es algo que un día prometí.
Luego entro a mi pieza y escucho música. Pero entra María y me interrumpe. Y Pensar en María me saca las ganas de contarles un poco más de mi vida. Si, es eso. Pienso yo.

martes, 14 de agosto de 2012

Sola

Llantos, palabras, tristezas.
Años, meses, días; una eternidad.
Sola, sí, sola. Sola y sin rumbo.
Pensando, deseando,
soñando desesperadamente otra realidad.
Sueño, sí, sueño, Sueño despierta,
me acobijo en la memoria.
Olores de la infancia, colores pastel.
Abrazos, esperanza, futuro.
Solo me quedan recuerdos.
Sueño sola en este mundo.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Es así

-Están feos los fideos, Manuel.
-Sí ya se, les falta sal.
-Es verdad, es eso.
-Si.
-Te quiero Manu.

Rota


Escribo los versos más lindos y tristes, porque en cada uno de ellos, estás vos. Y cierro los ojos y te veo. Y sueño, sueño un poquito, que estás acá conmigo. Que me abrazás, un abrazo tan cálido, tan real, tan nuestro. Y mientras tus brazos recorren mi cuerpo, mientras siento tu aliento en mi cuello, me decís que me querés, que soy tu todo. Que lindas palabras aquellas que pronuncias, porque las sentís. Basta mirar tus ojos tan negros, tan profundos, tan sinceros; para no dudar más.
Pero al abrir los ojos, me enfrento con la cruda realidad. Miro por todas partes, te busco desesperada. Pero sé que no estás, sé que todo había sido un sueño, mi imaginación. Sé que estoy sola, tan sola como siempre. Pero soy fuerte, eso me digo a mi misma, y no lloro. No lloro por no tenerte, no lloro por no poder besarte, no lloro porque no seas mío.
En cambio escribo, escribo los versos más lindos y tristes, porque en cada uno de ellos, estás vos.
Como un caracol ando por la vida, defendiéndome, protegiéndome en mi interior. Pero, al igual que el caracol, bastaría un simple golpe, para quebrarme completamente.
Yo ya estoy rota, pero no me derrumbé. Quizás porque albergo esperanza de que me quieras. Quizás, sin ser más, soy una soñadora. Quizás son los sueños lo único que me mantienen con vida, lo que me incentivan a seguir respirando, corta y pausadamente, pero respirando. Y quizás, un día me despierte y deje de soñar, y allí mi golpe definitivo, mi derrota. Quizás en ese momento, me atreva a afirmar lo que por ahora no puedo pronunciar, lo que no me atrevo siquiera a pensar. Que no me querés.
Pero mientras tanto, solo escribo los versos más lindos y tristes, porque en cada uno de ellos, estás vos.

L' amour


Sonaba el teléfono aquél martes de enero. No sé si era el calor o qué, pero me sentía rara. Ese cosquilleo en la panza...-Tenés mariposas!- Hubiese dicho Juan. Yo le habría contestado que sí que podía ser.
Me levanté de la cama por el ruido del teléfono, pero cuando estaba por atender, dejó de sonar. Instantáneamente lamenté haberme parado. Volví a mi pieza y me miré al espejo, algo adentro mío me decía -¡Llorá Marina, llorá!- Y yo tenía ganas de hacerle caso a esa voz.  Tenía ganas de llorar. Pero también estaba aquella otra voz que preguntaba por qué iba a llorar – ¿Tenés motivos Marina?-. Pero yo no sabía que responder.  Sólo sabía que algo presionaba mi pecho con firmeza, como si quisera arrancar una parte de mí. Y cada vez era más fuerte, casi insoportable.
Y así sin más, lloré. Lloré como nunca había llorado, fue un llanto distinto, nuevo. Puro. Mil imágenes cruzaron por mi cabeza, un remolino de sentimientos, finalmente encontrados.
Y tuve miedo, mucho miedo. Porque finalmente entendía lo que me estaba pasando. Mis manos se llenaron de sudor, tenía vergüenza. Pero este miedo también era nuevo. Era algo que nunca había sentido. Me había enamorado.
Pero así, de repente, me sentí un poco contenta, me olvidé de todo y sonreí. Qué loco esto del amor!, pensé.  Y fui a la cocina y me serví un vaso de coca. Y pensé en Felipe, en su pelo negro, en sus ojos grises, en sus manos. Luego agarré una hoja y un papel y me puse a escribir. Escribí un cuento que se llamaba L’amour. Decía algunas cosas tristes y otras lindas, como un espejo de mí misma.
Y después no sé por qué, pensé en la lluvia, en ese olor tan característico de los días lluviosos. Y lloré un poquito más. Me dije que era porque quería volver a sentir ese olor, pero algo adentro mío volvió a decir –Tus lágrimas no son lluvia Marina-. Me estaba engañando. Pero después pensé en Felipe y el sol volvió a salir.
Me había enamorado.

Soñadora


Soñadora se ataba el pelo. Miraba para arriba y lo veía. Su cara la completaba, la llenaba. Estaba ahí, tan cerca... Pero ella lo sentía lejos, lejos como siempre había estado. Soñadora no creía en nada, ni siquiera en el amor. Pero él bajaba las escaleras, se acercaba. Cada paso que daba era un paso menos, el encuentro, inevitable, gritaba desesperado. Sus corazones también. ¿Unirían al fin sus bocas en una? Cuántas veces había imaginado soñadora aquel momento, ese uno, ese infinito, las palabras eran insuficientes para describirlo.
Él se acercaba, y se seguía acercando. Soñadora, escéptica, esperaba impaciente. Lo necesitaba, era su cable a tierra, él la mantenía con vida. En su respirar ella encontraba consuelo, nada malo pasaría mientras él estuviera ahí, con ella.
Y finalmente sucedía. Allí estaban los dos, a un paso de distancia. Una lágrima caía del rostro de Soñadora. Un millón de imágenes pasaban por su cabeza. Su infancia rota, un abrazo partido. Pero a pesar de todo él seguía ahí, no había desaparecido. Él con su eterna presencia, con su efímero respirar. Soñadora tan fuerte y frágil a la vez.
¡Amor! Quería gritar, pero las palabras no salían de su boca. Soñadora no podía hablar, estaba petrificada. Temía que todo fuese un sueño; que un simple suspiro, una suave brisa fuera suficiente para arrastrarla de nuevo a la realidad.
 Sin embargo, él se acercaba y la agarraba por la cintura. Le corría un mechón de su pelo castaño y la miraba. Y simplemente se miraban, sin más. Pero alcanzaba, era suficiente. 
Y se abrazaban y lloraban. Ya nada los iba a separar. Sí mi amor – gritaba él, mientras dejaba escapar el llanto irremediable. Sí mi amor, acá estoy.